“No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán. Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad” (Salmo 37:1-3).

Un hermano vino a verme muy inquieto, para decirme que estaba orando desde hacía tiempo por la resolución de un problema y que Dios no le contestaba. Le pregunté cuanto tiempo estaba orando por aquella situación y me dijo que un mes. Lo miré fijamente, tomé mi Biblia y le di a leer estos tres versículos del Salmo. Luego le dije: Necesitas sólo dos cosas para remediar tu inquietud, primero aprender esperar con paciencia, y, en segundo lugar, saber confiar en el Señor.

Tomemos los textos hoy para nuestro aliento personal. La impaciencia se produce al ver que otros no están pasando por pruebas, y nosotros sí. Son para las horas de adversidad, cuando un creyente ve como los malos prosperan mientras él sufre. Esa puede ser también tu situación hoy, por tanto, necesitas el mandamiento: “No te impacientes”, de otra manera: “No perdáis, pues, vuestra confianza… porque os es necesaria la paciencia” (Heb 10:25). Esa es la única forma de correr la carrera cristiana: “…con paciencia… puestos los ojos en Jesús” (Heb 12:1-2). La impaciencia es a causa de los que no tienen nuestros problemas ni están en nuestras angustias. Cuando uno está en tribulación, Satanás procura que sintamos envidia hacia quienes no están como nosotros, haciéndonos sentir rechazo a lo que Dios permite como si no nos estuviese amando. Él nos manda que en la adversidad no nos impacientemos. Luego da otro mandamiento: “Confía en Jehová y haz el bien”. La visión humana tiene que dar paso a la de la fe, que confía plenamente y es dinámica: “confía… haz”.

El mejor remedio para nuestro espíritu agitado es hacer el bien. Esto dispondrá nuestros corazones para sentir gozo y descanso porque el hacer el bien nos hace semejantes a Jesús. La entrega personal a favor de otros dio gozo al Señor frente a la angustia de Getsemaní: “…por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios” (Heb 12:2). El corazón entregado a los demás es un corazón lleno de paz, aun en medio de los conflictos. Las vidas inquietas son las que no confían en el Señor y son incapaces de dejar de ver el presente para ver el futuro bajo Su mano omnipotente.

No trates de imaginarte como actuará Dios en tu problema personal, porque no encontrarás respuesta cierta, déjaselo a Él que es un experto en esta clase de situaciones. Yo soy testigo personal de esto, de la maravillosa forma en que actuó en mi vida para traerme paz, sacándome de una situación de angustia y llevándome al disfrute de Sus bendiciones, apacentándome de Su fidelidad. Por esto te invito a creer y confiar dependiendo plenamente de Su provisión. Es el momento de entregarnos al Señor en plena confianza esperando en lo que Él puede hacer en nuestras vidas. Mientras tanto, como estímulo personal podemos oír Sus palabras: “No te impacientes… confía en mí”.

Oración: Señor, confiaré en Tí. Amén.

Alabanza: Confiaré en Tí, MSolís – https://www.youtube.com/watch?v=MbiF3bxLWbw

Samuel Perez Millos – Ministerio Aliento para Maestras del Bien ©2017 – Derechos reservados www.maestrasdelbien.org

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