Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Salmo 119:75).

Una de mis fobias es sentarme en el sillón de un dentista y permitirle tranquilamente que haga su trabajo. Siempre pienso en lo que me puede molestar su actuación, pero no en lo que resultará de bueno en el futuro para mí, tan solo me angustia lo desagradable del presente. Un gran amigo mío, odontólogo, me lleva a su clínica para una revisión cada vez que voy a su casa. En una ocasión procuraba escabullir ese encuentro en la clínica dándole mil excusas, pero él me dijo: No puedo permitir que te vayas de regreso sin hacerte una revisión y reparar lo que sea necesario, porque eres mi amigo.

Así ocurre también entre Dios y nosotros. El salmista pasa por experiencias de aflicción, pero las observa desde la perspectiva de la fidelidad de Dios. Es interesante observar que esta afirmación va precedida de otras dos que la condicionan. Primero se refiere a Dios como el Creador que con amor lo había creado con Sus manos. Él sabía que la aflicción por la que pasa pudiera parecer contraria a ese afecto, por eso dice antes: “Hazme entender” (v. 73). En medio de la aflicción necesitamos entender el propósito que Dios tiene en ella.

Una segunda afirmación tiene como resultado que “los que temen me verán, y se alegrarán, porque en tu palabra he esperado” (v. 74). El tiempo de la prueba dará paso al de bonanza y todos los que conozcan la experiencia del afligido verán que Dios ha sido fiel y se gozarán. A pesar de estar cargado por la aflicción y luchando por hallar sabiduría para entender la causa, quiere ser de bendición a otros que se alegrarán al ver su actitud para enfrentar la prueba, entendiéndola como expresión del propósito divino. No necesitamos conocer todos los detalles de la razón de la prueba, siempre y cuando seamos capaces de conocer a Dios en medio de ella, para poder decir: “Conozco, oh Jehová que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste”. Esto permite conocer sobre lo que descansa la escuela de la aflicción: “Bien has hecho con tu siervo, oh Jehová, conforme a tu palabra” (v. 65), porque “Bueno eres tú, y bienhechor” (v. 68).

Si estamos convencidos de que Dios es bueno, entenderemos que cuanto hace es siempre bueno. Cuando nos rebelamos contra la aflicción, estamos rebelándonos contra Dios mismo, sintiéndonos abatidos y miserables. El salmista sabe dos cosas acerca de Él, en medio de la aflicción. Lo que está permitiendo es justo: “conozco… que tus juicios son justos”. También sabe que quien permite la aflicción le ama: “conforme a tu fidelidad me afligiste”. El mismo Dios que permite la prueba es el que consuela con amor en ella. Nuestra manera de responder ante la aflicción pone de manifiesto nuestra madurez espiritual. Podemos quejarnos y llorar como un niño, o refugiarnos en la naturaleza invariable de un Dios que nos ama. Que la angustia y tristeza, las lágrimas y los suspiros, están en el conocimiento de quien al permitir una situación así la tiene siempre bajo Su control. Conozcamos ahora más personalmente a Dios, sintamos Su gracia mirándolo a Él en lugar de seguir mirando nuestra aflicción.

Oración: Gracias… Reconozco, Señor, que tú eres siempre fiel. Amén.

Alabanza: Grande es Tu Fidelidad, ACorson – https://www.youtube.com/watch?v=YXlb_IS0nVs

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