“En el día de mi angustia te llamaré, porque Tú me respondes”. (Salmo 86:7)

Una señora anciana vivía sola en su casa situada en las afueras del pueblo. No tenía recursos más que para el alimento diario. La casa estaba deteriorándose por falta de mantenimiento. Una parte de las viejas vigas que sostenían el techo se habían estropeado por la humedad que se filtraba del tejado y estaban a punto de ceder. Una noche, en medio de una fuerte tormenta de viento y lluvia, alguien llamó a la puerta. Cuando abrió, se encontró con un hombre que le dijo: “Señora, mi automóvil se ha detenido a causa del agua y no puedo seguir, ¿me permite resguardarme aquí mientras pasa la tormenta?” La mujer le dijo: “Pase, y quédese aquí esta noche, pero sólo puedo ofrecerle el fuego de la chimenea, un poco de pan y leche, y una manta para envolverse”. El hombre, agradecido se dispuso a pasar la noche junto al fuego. La anciana se retiró a su habitación y oró en voz alta, como siempre hacía. En ella había una petición que el huésped oyó: “Señor, que no se derrumben las vigas con el temporal, sabes que no tengo medios para repararlas”. A la mañana el hombre se fue, dándole las gracias. Al día siguiente, un pequeño camión se detenía delante de la casa. Bajaron de él unos obreros y uno que los dirigía, dijo a la mujer: “Señora, venimos para reparar las vigas de su casa”. Así hicieron, dejando todo el orden. La señora contó esto al pastor de la iglesia, quien, asombrado, le dijo: “¡Sorprendente! ¿verdad?” Ella le respondió: “Nada de sorprendente; es lo que se puede esperar de un Dios como el mío”.

Es posible que las vigas de tu vida estén muy deterioradas por las adversidades. Que las tormentas que se abatieron sobre ti las haya estropeado de tal manera que apenas si pueden resistir un poco más. ¿Qué hacer en estas circunstancias? Mira lo que dice el salmista: “En el día de mi angustia te llamaré, porque Tú me respondes”. Dios no es un Dios silencioso, sino de respuestas. Hay dos grandes verdades en el texto: Primero el contacto personal con Dios; en segundo lugar, la seguridad de Su respuesta. Como hijos Suyos debiéramos tener suficiente experiencia con Él para saber que siempre contesta las oraciones. No podemos olvidar que en esto está comprometida Su palabra: “Clama a mí y yo te responderé” (Jer 33:3), pero, algo más, con la promesa está explícita la respuesta: “Ten enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”. También se puede leer cosas fortificadas, en sentido de imposibles de alcanzar por nuestros medios. La promesa no es sacarte de la prueba cuando clamas a Él, sino mucho más, será la forma en que Dios te enseñará cosas que no habías comprendido nunca antes acerca de Él. Al final de la angustia estarás mas capacitado para conocer mejor a Dios. Sabrás que las circunstancias difíciles que ha permitido en tu vida son el camino de Su gracia para hacerte mirar más al cielo y menos a lo que te rodea. En esa relación con Él, sabiendo que ha prometido responder a tu oración, agudizarás tu oído espiritual para escuchar Su voz en respuesta de gracia y dirás como el salmista: “Escucharé lo que hablará Dios, porque hablará paz a su pueblo y a sus santos”.

Yo necesito hoy sentir mi debilidad, la falta de fuerzas, la incapacidad personal para afrontar las pruebas en mi vida. Pero sé que Dios las conoce, se compadece de mí y abrirá puerta para darme aquello que me es necesario. Mientras tanto, me sustento en su promesa, y clamo a Él “en el día de mi angustia”. Se que nunca dejó de oír la oración de Sus hijos. Por eso le digo:

Oración: Señor te llamo en mi angustia, porque estoy seguro que Tú me respondes. Amén.

Alabanza: Me Viniste A Rescatar, Hillsonghttps://www.youtube.com/watch?v=KqOSkgpkk_w

 Samuel Perez Millos – Ministerio Aliento para Maestras del Bien ©2017 – Derechos reservados www.maestrasdelbien.org

 

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