“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios, en toda oración y ruego con acción de gracias. Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. (Filipenses 4:6-7)

Los problemas y dificultades de la vida conducen generalmente a un estado de inquietud. Era la situación de los discípulos en la última noche con Jesús, cuando tuvo que decirles: “No se turbe vuestro corazón”. El primer versículo seleccionado para hoy, contiene un mandamiento: “Por nada estéis afanosos”, es decir, nada debe producir inquietud angustiosa al cristiano. Es un llamamiento a dejar las ansiedades inútiles que son obstáculo a la paz y distintivo del creyente apocado. Hay múltiples fuentes de inquietud que deben ser cerradas en la vida cristiana.

El remedio para la ansiedad se establece en la oración. La forma de superarla es llevar nuestras necesidades y aflicciones delante de Dios. El secreto está en abrir el corazón ante Él. La apatía y el desaliento nunca serán el remedio, sólo la oración (Sal 81:10). Las súplicas han de presentarse acompañadas de gratitud y adoración “acción de gracias”, convirtiéndolas en ruego, que es la oración que expresa las demandas solicitando la ayuda de Dios. No hay momento alguno en la vida, aún en medio del conflicto que no debamos sentir gratitud. Primero por la oración que nos permite presentarle nuestras necesidades, pero, también por la certeza de que serán respondidas oportunamente (Sal 37:4). La oración no es para informar a Dios de la situación en que nos encontramos, sino para expresarle nuestra dependencia de Él. La oración con ruego es la puerta al descanso personal (1 Pd 5:7). La ansiedad desaparece por la fuerza divina que sostiene al creyente y le ayuda a llevar la carga (Sal 37:5, 6).

El resultado es la provisión de la paz de Dios, que tiene su origen en Él y es impartida por el Espíritu (Gá 5:22). Es la paz íntima que procede de quien es “el Señor de paz” (2 Ts 3:10). La grandeza de la paz que recibiremos “sobrepasa a todo entendimiento”. Nunca podremos medirla. Ella “guardará vuestros corazones”, como centinelas a la puerta del alma, custodiando todo cuanto entra y sale de ella, ya que guarda también “nuestros pensamientos”, conduciéndonos a un modo de pensar que aleja la inquietud de la mente ajustándola al pensamiento de Dios (Is 55:8-9). La paz mental es un asunto de vital importancia para el creyente (Is 26:3). Una mente custodiada por ella conduce a una vida llena de calma, porque sólo genera pensamientos de paz. Podemos sentir esta bendición porque la fortaleza protectora es Cristo mismo: “En Cristo Jesús”. El creyente descansa seguro en la fortaleza que es Cristo. La persona de fe y de oración se refugia en la inexpugnable fortaleza de la cual nadie podrá desalojarlo. Aquella fortaleza se llama Cristo Jesús.

En Tú poder está mi confianza, descanso en ti y en tu nombre voy.

Oración: Padre, ¡Oh, sí, que nuestras inquietudes las lleváramos a Tí en oración y ruego para que, en medio de las dificultades quedemos saturados de Tu paz! Por Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Tu Presencia Es El Cielo, CD’Clario – https://www.youtube.com/watch?v=lwKcPIu1CEw

 Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento para Maestras del Bien ©2017 Derechos reservados www.maestrasdelbien.org