“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17).

Dios está interesado no tanto en que sepamos de Él, sino en que lo conozcamos. Él aprovecha cualquier circunstancia para conseguir Su propósito. En cada situación nos está dando Sus regalos perfectos que descienden de lo alto, aunque en situaciones de dificultad nos parezca que Él se ha olvidado de nosotros. Aun así, en los conflictos está llamando nuestra atención hacia Él para que le conozcamos como es. Conocerlo significa vivir en intimidad con Él, sentir Su presencia en nuestra vida, Su compañía en nuestro camino y Su aliento en nuestras pruebas.

El versículo de Santiago llama nuestra atención hacia la inmutabilidad de Dios, al decirnos que en Él “no hay mudanza, ni sombra de variación”. Quiere decir que Dios es siempre el mismo y no está sujeto a cambios. Esta excelencia distingue al Creador de todas Sus criaturas. Mientras nosotros y nuestras circunstancias cambian, Dios permanece. Esto significa mucho para los momentos de angustia, ya que Su amor no cambia, como Él dice: “con amor eterno te he amado” (Jer 31:3). Su misericordia, que se acordará de nuestra aflicción para proveernos de ayuda, está siempre atenta a nosotros porque “el Señor es bueno; para siempre es su misericordia” (Sal 100:5). Su inmutabilidad es mi confianza. Puedo entregarle mis problemas y encomendarle mi causa como me enseña Su Palabra: “Encomienda al Señor tu camino, y confía en Él; y Él hará”. Es posible que mi aflicción sea a causa de la injusticia de los hombres contra mí, pero Él me dice que, si yo pongo en Sus manos mi causa, “exhibirá mi justicia como la luz, y mi derecho como el mediodía” (Sal 37:5-6). Por eso, en la aflicción debo guardar silencio ante el Señor y esperar en Él.

Dios es inmutable, por eso Sus promesas también lo son. Su cuidado permanece inalterable. Es posible que la aflicción nos esté conduciendo por la senda estrecha, pero es una lección que quiere enseñarnos para nuestro bien. Aun así puedo afirmarme en Su promesa cuando me dice: “nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; …no te dejaré, ni te desampararé” (Jos 1:5). La dimensión admirable de la inmutabilidad de Dios me llena de seguridad ya que “muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará el Señor” (Sal 34:19). Es posible que esté sintiéndome solo, pero, “la salvación de los justos es del Señor, y Él es su fortaleza en tiempo de angustia (Sal 37:39). Incluso, si mi aflicción fuese consecuencia de mi fracaso espiritual, aun así, debo saber que no seré rechazado por mi caída, porque Él envió a su Hijo para restaurarme. El Dios de la Biblia es el Dios de la restauración y de la gracia.

Hoy llama mi atención hacia Su inmutabilidad, enseñándome que Él no cambia en ninguna circunstancia ni ocasión. Podrá faltarme la fuerz, podrá oscurecerse mi día, podrá la pena agarrotarme el alma, pero la fe se levanta sobre el conflicto para hacerme decir, en el impulso de la gracia:

En Tú poder está mi confianza, descanso en ti y en tu nombre voy.

Oración: Padre gracias, porque aunque todo me falte, Tú estás conmigo, aunque todo se vaya, Tú permaneces. Por Tu hijo Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Tu Eres Rey, Christine D’Clario – https://www.youtube.com/watch?v=FdcLNO_TzPg

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento para Maestras del Bien – ©2017 Derechos reservados www.maestrasdelbien.org