“Y será aquel varón como escondedero contra el viento y como refugio contra el turbión” (Isaías 32:2).

Regresaba una noche de una ciudad en el norte de Galicia, era invierno y llovía con intensidad. La radio de tráfico avisaba continuamente de las dificultades que había en la autopista a causa de la lluvia y el viento. Llegó un momento en que ni los limpiaparabrisas eran capaces para eliminar el agua que caía, el viento era tan intenso que sacudía el automóvil, y me sentía un tanto inquieto bajo el temporal. De los pocos coches que circulaban, algunos se habían detenido. Unos kilómetros más adelante había un área de servicio. Con dificultad llegué a ella y me refugié durante casi una hora esperando ver si calmaba un poco el temporal. No hubo cambio, de modo que tuve que seguir así hasta que llegué a mi casa e introduje el automóvil en el garaje. Entonces respiré tranquilo, había encontrado un lugar seguro, mientras que afuera quedaba el temporal.

Ha habido personas de renombre que han sido útiles a la sociedad. Hay y hubo pastores y maestros que alimentaron y alimentan el rebaño de Dios, sin embargo, todos ellos son hombres y de ninguno se podría decir que son escondederos contra el viento y refugio contra el turbión. No puede tratarse de otro que no sea Jesús. Consideremos el versículo: “y será aquel varón como escondedero contra el viento y como refugio contra el turbión”. Nuestra vida está expuesta a tempestades. Huracanes violentos por dentro que causan tremendas confusiones en nuestra mente y generan inquietud, produciendo preguntas que no tienen respuestas. Muchas veces las tempestades de la angustia humana nos causan verdaderos quebrantos. En otras ocasiones podrán ser los ataques de enemigos humanos que calumnian, amenazan y procuran derribarnos en nuestras vidas y ministerios. Hay oleadas de pruebas por pérdidas temporales, disgustos entre los más íntimos y otras muchas aflicciones.

Pero, ahora llega la bendición. Aquel Varón, Cristo Jesús, es nuestro lugar de refugio contra las tempestades. Es Dios, pero también es hombre que puede simpatizar con nuestras situaciones. Como Dios-hombre está en el control de todo y domina en cada momento de la tempestad para que no destroce nuestra vida. Él provee fuerzas para nuestras tentaciones, y en Él estamos a cubierto de los ataques de Satanás. Con Su gracia superamos las pruebas rodeados de Su amor. Es más, en Él tenemos victoria sobre la muerte, mientras nos alienta con la esperanza de Su pronta venida, anunciándonos el fin de todos los conflictos y de las miserias propias de este mundo. Todo esto es Jesús. El secreto de una vida victoriosa está en refugiarnos en Él, que se interpone entre nosotros y la tempestad de la vida. Refugiarse en Él es asunto de fe.

Por eso necesitamos orar como Sus discípulos: “Señor, auméntanos la fe”. Es preciso que estemos bajo la sombra de Sus alas para que nos cubras diariamente de todo mal, como un escudo protector (Sal 119:114).

Oración: Padre, que pueda sentir hoy que eres verdaderamente mi escondedero contra el viento, y mi refugio contra el turbión. En el nombre de Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Jesús Es Suficiente, Banda Horizonte –https://www.youtube.com/watch?v=2dpAbYr9v1M

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento para Maestras del Bien ©2017 Derechos reservados www.maestrasdelbien.org