“Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies” (Nahum 1:3b).

Estaba un verano con mi familia en una casa en la montaña. Repentinamente grandes nubes se levantaron, que produjeron una sorprendente disminución de la luz en pleno día. El viento hacía crujir los grandes árboles del entorno, una lluvia intensa comenzó a caer, y los truenos comenzaron a retumbar sobre la montaña de tal manera que sentíamos como si la casa se estremeciera. Mis hijos estaban asustados, alguno incluso se puso a llorar. Uno me dijo: Papá, no va a pasarnos nada ¿verdad? No, le dije, porque el mismo Dios que permite la tormenta nos ama y tiene cuidado de nosotros.

Siempre relacioné el versículo con la omnipotencia de Dios. Él se manifiesta rodeado de grandeza; la tempestad expresa Su gloria y el torbellino Su majestad. Las nubes más densas son simplemente la expresión de Su soberanía. Pero, cuando lo leí hoy, me di cuenta que tiene una aplicación personal muy importante:

  • Las dificultades forman parte de la experiencia de la vida del creyente.

No importa donde viva, ni en el momento en que viva, las dificultades se producen. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo: “En el mundo tendréis aflicción”. Podrán venir incluso desde el entorno de la iglesia; tal vez surjan desde la propia familia; acaso de otros lugares, pero en algún momento habrá dificultades. Las tormentas de la vida conmocionan muchas veces nuestra paz y se manifestarán las inquietudes.

Nadie puede olvidar que el nacimiento de una persona va siempre acompañado de llanto. Las lágrimas formarán parte de muchos momentos de nuestra vida. Pero, en medio de las tormentas más intensas, de las circunstancias más adversas, de los momentos más difíciles, cuando solo se siente el viento huracanado de la prueba, el turbión violento de la angustia, los truenos de la inquietud que sacuden nuestra vida y parece que van a destruirnos con su furia, cuando apenas se puede distinguir algo de luz para seguir caminando, ahí mismo, sobre esas situaciones, debemos saber que “Jehová marcha en la tempestad y el torbellino”. Quiere decir que el Señor está en el control.

Es verdad que pudiera parecer que el viento va a derribarnos, que los torrentes impetuosos de la lluvia van a arrastrarnos, pero, debemos entender que, sobre esas situaciones, “el torbellino y las nubes son el polvo de sus pies”. Es decir, el Soberano orienta todo conforme a Sus propósitos para nosotros. Esas crisis violentas contribuirán más tarde o más temprano a Su gloria y a la consolidación de nuestra fe. El Eterno que rompe los cedros con Su majestad y hace temblar los montes, puede también contrarrestar lo que viene contra nosotros. Es Él que hará renacer la calma y la esperanza en nuestras vidas, para conducirnos en todo, según Su propósito.

En medio de mis dificultades, debo mirar por encima de las nubes y de la tormenta, ver más allá del viento que azota con fuerza, para saber que allí, controlándolo todo esta Aquel que me ama, sobre todo.

Oración: Gracias Padre amante, porque cada sonido del trueno de la prueba, cada bramido del temporal, cada torrente amenazante, es sólo Tu voz que me dice: “No temas, yo estoy contigo”. Amén.

Samuel Pérez Millos, Ministerio Aliento, para www.maestrasdelbien.org