“Dichoso aquel a quien tú, Señor, corriges; aquel a quien instruyes en tu ley, para que enfrente tranquilo los días de aflicción” (Salmo 94:12, 13 NVI).

Un texto impactante. Primeramente, enseña la condición para ser feliz: la corrección de Dios y la instrucción Suya. Corrección tiene que ver con todo aquello que Dios permite en nuestras vidas para que estemos más vinculados con Él. Es hecha desde la grandeza de Su amor. No es castigo, eso lo llevó Cristo en la Cruz, es reorientación en el camino.

Las aflicciones no son necesariamente señales del desagrado divino, sino los instrumentos por los que Él no enseña para nuestra dicha. Dios nos permite entrar en una dinámica de corrección para hacernos sentir lo poco que somos delante de Él. Es posible que, sin darnos cuenta, nos sintiésemos un tanto elevados en nuestra vida. Los asuntos cotidianos eran buenos, la familia prosperaba, el ministerio no tenía grandes dificultades y, tal vez, estábamos olvidándonos de la dependencia de Dios y de la humildad en Su presencia. De pronto, el Dios de la gracia corrige nuestro rumbo para que podamos llegar a ser dichosos, o como traducen otras versiones, bienaventurados. Para reorientar nuestro camino conduciéndonos al terreno de las bendiciones y de la comunión plena con Él, tiene que detenernos en el que llevábamos y lo hace con la firmeza con que Él actúa. La situación en la que te encuentres hoy debes considerarla como la dicha de ser corregido por Dios.

A esto sigue la instrucción. El texto para el aprendizaje es Su Ley. La corrección hace que nos acerquemos a la Palabra y ésta nos explica el sentido de la corrección. Cuando estamos afligidos es cuando acudimos a la Escritura buscando el consuelo y el aliento que necesitamos. Cuando sintamos que estamos siendo corregidos por Dios, volvamos a ella para encontrar el descanso que necesita nuestra alma. El mejor modo de entender lo que nos ocurre es hacerlo desde el punto de vista de Dios y ver en todo Su propósito de bondad para nosotros. La instrucción divina no es fácil. La escuela de aprendizaje es dura, pero es para nuestro bien. Los días de aflicción son necesarios para la enseñanza que quiere darnos conforme a Su gracia.

De pronto, el mismo que corrige nos da descanso, capacitándonos para que enfrentemos tranquilos la aflicción. Las dificultades nos hacen estar cerca de Él y en medio del turbión de la vida encontramos el remanso de paz a Su lado. En las dificultades se manifiesta la bonanza de Su paz. Ahí, cuando la inquietud llega a nuestros corazones y los ojos, antes nublados en la aflicción, pueden ver de nuevo el camino, sentimos el descanso de aquello que ya pasó para nosotros, y podemos afrontar lo que resta con tranquilidad. Dios actúa con sabiduría, y nuestros pies son reorientados en una senda nueva de abundante bendición. El Señor no se molestaría en corregirnos si no fuésemos preciosos a Sus ojos. Su amor no descansará hasta que alcancemos el lugar que Él desea para nosotros.

Bien puedo ahora mismo agradecer lo que está haciendo por mí y en mí, para disfrutar del descanso que provee en medio de mi prueba.

Oración: Señor Alma mía, descansa en Él en medio del conflicto, siente en todo que eres precioso para Él, que te rodea de amor y misericordia, que alienta tu vida y te da fuerzas para el camino, por eso di confiadamente: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. En el nombre de Jesús, amén.

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento para Maestras del Bien – ©2018 Derechos reservados www.maestrasdelbien.org