“Y en el desierto has visto que Jehová tu Dios te ha traído, como trae el hombre a su hijo, por todo el camino que habéis andado, hasta llegar a este lugar” (Dt 1:31).

El pueblo de Israel estaba a punto de entrar en Canaán. Muchos de ellos habían muerto en el desierto, pero una generación nueva iba a recibir la tierra prometida a sus antepasados. Las dificultades se manifestarían pronto, en batallas, en conflictos personales y en momentos en que las lágrimas estarían presentes. Dios preparaba a cada uno para mantener la fidelidad y vivir en la esperanza.

Para eso, el Señor les hace considerar el pasado, desde su misma experiencia. Él los había traído hasta allí luego de hacerles pasar el desierto. Espiritualmente es también nuestra experiencia. El Señor intervino en nuestra esclavitud del pecado salvándonos por gracia y dándonos vida Las cadenas de nuestro cautiverio espiritual fueron destruidas por la omnipotencia de Su poder. Nos sacó “del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su amado Hijo” (Col. 1:13). A esta liberación siguió la experiencia de vida en el desierto. Un lugar donde hay muerte y donde el enemigo de nuestras almas procuraba nuestro fracaso. Es el lugar de la soledad y de la inquietud, donde sólo la dependencia de Dios pudo hacernos superar cada jornada. Pero es ahí donde la voz del Señor llega a nosotros con más claridad: “La llevaré al desierto, y hablaré a su corazón” (Os. 2:14). La voz admirable de Su gracia ha venido a nosotros en nuestras dificultades, haciéndonos sentir Su compañía. En el desierto de la vida donde muchos sienten la angustia de la soledad, nosotros hemos sentido en cada momento la voz de Dios, diciéndonos: “No temas, yo estoy contigo” (Jos. 1:9).

Algo más, la conducción por el desierto ha sido llena de amor: “como trae el hombre a su hijo”. No podía ser de otra manera, ya que “a todos los que le recibieron…les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Él nos salvó para hacernos Sus hijos, por eso provee de todo lo necesario para la travesía del desierto de la vida, conforme a nuestras necesidades, porque “Él da mayor gracia” (Stg. 4:6). ¿Es grave la dificultad que atraviesas? No te olvides que aún en esa situación Dios te está tratando como a un hijo, con todo Su amor. Es en esa gracia que marcó el camino y es Su bandera de amor desplegada sobre nosotros, que nos ha permitido andar día a día sin desmayar.

¿Hasta dónde ha llegado esa compañía y esa gracia? “hasta llegar a este lugar”. Falta poco ya para entrar definitivamente en la posesión eterna de Sus riquezas en gloria y descansar para siempre en la compañía del Señor. Dios que nos condujo hasta “este lugar” con el cariño de un Padre, lo hará del mismo modo en lo que falta de nuestro camino. Podrá ser dificultoso, a veces en extremo, pero concluye en el lugar que el Señor prepara para nosotros. Míralo de esta manera. Toma aliento en medio de las pruebas porque como Dios te ha traído hasta este lugar, va a terminar Su obra en tu vida, hasta presentarte “sin mancha, delante de su gloria con gran alegría”.

Oración: Sí, alma mía, deja la inquietud. Dios está comprometido contigo, conduciéndote en el camino y ayudándote en todo con el cariño de un padre. Gracias Señor, amén.

Samuel Pérez Millos, Ministerio Aliento para www.maestrasdelbien.org

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