“…y os haré mayor bien que en vuestros principios, y sabréis que Yo soy Jehová”. (Ezequiel 36:11).

Dios nos está dando continuamente bendiciones, aunque muchas veces nos pasan desapercibidas. Todas ellas son el resultado de Su bondad y fidelidad cumpliendo las promesas que ha establecido para que las acojamos por fe. El texto contiene una de las muchas que podemos alcanzar en Él “…y os haré mayor bien que en vuestros principios; y sabréis que Yo soy Jehová”.

Cuanto más vivimos las promesas de Dios, tanto más se multiplican y se hacen más reales para nosotros. Los favores que hemos recibido del Señor, si miramos a nuestra vida, merecen ya un eterno cántico de alabanza. Pero, si seguimos adelante descasando en la fidelidad de Dios, las bendiciones del pasado que hemos visto detrás de nosotros, no serán nada comparadas con las que nos esperan, sin contar con la vida eterna que ya tenemos por fe en Cristo Jesús. El versículo es de un tremendo aliento. Dios promete. Sus promesas son el Él sí, y en Él amén. No podemos dudar de ninguna de ellas. Aquí afirma que nos va a hacer mayor bien que en nuestros principios.

Escuchemos Sus palabras con atención. Hagamos un alto en medio de nuestros conflictos y dificultades para atender a lo que el Señor promete. Los canales de la gracia celestial se abrirán y derramarán sobre nosotros bendición de manera que no seremos capaces de contener todo cuanto Dios va a darnos. A veces, cuando estamos en las pruebas o cuando los angustiadores se unen contra nosotros, somos dados a pensar que todo se ha acabado. Sentimos que cuando viene la tristeza o la lucha arrecia, nunca más habrá luz sobre nuestra senda, ni paz sobre nuestro camino, ni gozo en medio de nuestras lágrimas.

Ocurre esto porque nuestra fe se debilita y olvidamos esta admirable promesa: “Yo os haré bien; más del que os he hecho en un principio”. Esta es la experiencia de miles de afligidos en la historia del pueblo de Dios. Lo que Él nos da no es comparable con aquello que nos ha quitado. Es cierto que aún sentimos correr las lágrimas por nuestras mejillas, pero ya hay preparada una perpétua sonrisa para nuestro rostro. Sí, es cierto, es verdad, Dios nos va a dar más que en un principio. Creer es recibir. No miremos a las cosas temporales y pasajeras, debemos mirar a las eternas, en las que está esta promesa. Hemos de elevar nuestros ojos de las circunstancias que puedan azorarnos y mantenernos como viendo al Invisible. Un alma creyente va de fuerza en fuerza y de victoria en victoria. El Eterno bendice su estado final más que el primero. Si Dios compromete Su palabra, podemos confiar porque Él no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Lo hace para nuestra bendición, sin duda, pero lo hace con un propósito que cubre toda nuestra necesidad: “y sabréis que yo soy Jehová”.

Este nombre corresponde al Dios que pacta, que se aproxima, que busca una relación con la criatura aun siendo el Creador. Necesitamos conocerlo más y ese conocimiento se sustenta en Su fidelidad y en la capacidad de cambiar cualquier situación para revertirla definitivamente y darnos una mayor bendición que todas cuantas antes fueron nuestra experiencia personal. Así debemos y queremos conocerle, como el Dios de las bendiciones, de la restauración y de la provisión. Este es nuestro Dios.

Oración: Padre, ayúdame a vivir confiando en Tu fidelidad mientras espero seguro el cumplimiento de esta promesa. En el nombre de Jesús, amén.

Samuel Pérez Millos, Ministerio Aliento para www.maestrasdelbien.org

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